Análisis: Un envión anímico a dos partidos de la Champions

El fútbol es el deporte más impredecible de todos. Y es por eso, precisamente, que nos puede regalar partidos como el de anoche. Nadie podría haber predicho que un Granada-Barcelona por los cuartos de final de Copa del Rey iba a ser tan maravilloso de principio a fin. En parte, por el formato del torneo a partido único hasta semifinales, que abre lugar a las sorpresas de los equipos más modestos. Pero, también, por la exhibición de vértigo que protagonizó el equipo de Ronald Koeman y el intento de supervivencia de los hombres de Diego Martínez.

El Barça produjo los mejores treinta minutos desde el inicio de la campaña. Circuló ágilmente la pelota en campo adversario, dominando con determinación el juego y encontrando a un Leo Messi enchufado a las espaldas del doble pivote rival. Sin embargo, a partir del primer gol del Granada, el equipo cayó en un estado de shock y no supo asimilar que, luego de haber rematado doce veces (seis a puerta) y haber acosado constantemente la defensa contraria, en un error en la salida bajo presión alta del contrario haya terminado regalando la ventaja en el resultado. En definitiva, en la primera mitad el equipo de Koeman falló en las áreas: no fue contundente en las ocasiones de gol que generó y obsequió el tanto que lo puso en desventaja.

La segunda parte serviría para descubrir qué reacción ofrecía el equipo ante ese contexto de adversidad. Una prueba anímica para un conjunto que se siente desbordado psicológicamente cuando recibe goles; ya sea un descuento, un empate o una derrota parcial en el resultado. Lo cierto es que dos minutos luego del inicio de los segundos cuarenta y cinco, otra desatención defensiva (mal posicionamiento de Ronald Araújo y error en el cálculo de Samuel Umtiti en el duelo ante Roberto Soldado) le costó cara al Barça: 2-0.

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Pero aquí entra lo impredecible del fútbol. En los quince minutos posteriores al gol, el Granada apostó por su bloque medio-bajo y concedió muy pocos espacios a un Barcelona que se notaba golpeado por el tanto tempranero. La desventaja en el resultado y la consecuente bajada anímica, otra vez, estaban siendo más fuertes que el juego que había desplegado el equipo en la primera media hora de partido. El equipo de Ronald Koeman cayó en su típico bucle anímico —uno de los aspectos a corregir a futuro— y se estancó en ataque posicional, haciendo el juego lento y dejando todo a los pies de Lionel Messi. Lo que no se esperaba el equipo local era que el argentino acabase respondiendo de tal manera, guiando una remontada ejemplar que inyecta empuje e ímpetu al compilado blaugrana de cara a lo que se viene.

A partir del minuto sesenta, el Barcelona convirtió en figura a Aarón Escandell. El arquero acabó el partido con catorce atajadas (ocho dentro del área y al menos tres muy importantes) y fue el responsable directo, junto con los palos, de negarle una goleada apoteósica al equipo de Koeman. Comandados por Leo Messi y luego impulsados por el ingreso de Ousmane Dembélé, el Barça protagonizó un festival de ataque y acoso al Granada que tranquilamente pudo haber terminado con el partido en los noventa minutos. Sin embargo, algunas veces el palo y otras el guardameta adversario, negaban rotundamente el adelanto en el marcador, hasta el minuto ochenta y ocho, donde el diez argentino hizo una de las suyas: buscó con su clásico pase largo a Antoine Griezmann, que remató al arco y con un poco de fortuna marcó el gol del descuento. El francés comenzaba a vivir una de sus mejores noches como culé, que acabó con un doblete de goles y asistencias.

Mapa de calor de Antoine Griezmann ante el Granada.
Fuente: SofaScore

El desarrollo de los últimos minutos de tiempo regular y de la posterior prórroga fue un párrafo aparte de lo que viene siendo este Fútbol Club Barcelona los últimos años. Es innegable que se trataba de un equipo al que le costaba horrores mantener las ventajas en el marcador —situación a la que se enfrentó cuando se puso 2-3 y de repente cometió un penal—, pero además de ello, caía en el ya mencionado ciclo de bloqueo mental que le imposibilitaba sacar adelante los encuentros, un patrón repetitivo en el compilado blaugrana. En cambio, anoche sacó una versión de sí mismo que tanto los hinchas como los propios futbolistas echaban de menos: la garra y el ímpetu de los minutos finales, el sacar la cara por el escudo o lo que se conoce como “sentido de pertenencia”.

Porque al final, que el equipo gane o pierda no termina siendo lo más relevante para una institución como el Barça; la manera en la que lo hace sí lo es. Y por eso es vital que el equipo reconquiste el espíritu competitivo, cuya pérdida se evidenció en eliminatorias como la de Roma, Liverpool o Lisboa. Lo llamativo, en realidad, es que esta reposición llegue en uno de los peores momentos de la historia del club, con las elecciones a poco de celebrarse y con escándalos como el de la filtración del contrato del capitán del primer equipo. En definitiva, es un mérito que puede atribuírsele a Ronald Koeman; el neerlandés está gestionando, al margen de lo futbolístico, un vestuario muy complejo y una coyuntura durísima para cualquier entrenador —todavía más si se trata de un proceso nuevo— y ha conseguido la recuperación pronta de un grupo de jugadores que venía con los ánimos por el suelo. El Barça, a día de hoy, a dos partidos de la Champions y contando con el envión psicológico de este encuentro, puede afirmar que es otro equipo.

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