#FútbolVintage || EL MILAGRO DE BERNA

Hoy en El Señor del Balón recordamos una de las mayores hazañas de la historia de los Mundiales de fútbol, aprovechando el 88 cumpleaños de Horst Eckel, una de las figuras claves de la selección alemana en la década de los 50.

El equipo de oro. Así era conocido el equipo nacional de Hungría en los años 50, liderado por Ferenc Puskás (jugador del Real Madrid y elegido por la FIFA como el goleador del siglo XX) y por otros jugadores como Czibor o Kocsis que jugaron en el FC Barcelona. Esta selección llegaba al Mundial de Suiza 1954 como la gran favorita tras haberse coronado como la campeona de los Juegos Olímpicos de Helsinki’52. Llevaban 33 partidos invictos, o lo que es igual, 4 años sin conocer la derrota. A nivel de selecciones, lo mejor que había en aquel momento.

Desde la primera fase del Mundial se mostraron como los claros favoritos al título. Vencieron por nueve a cero a Corea del Sur en el primer partido, y posteriormente por 8-3 a Alemania. Aquella selección alemana llegaba sin hacer ruido y sin ningún cartel ni de favorita ni de aspirante. De hecho, de lo único que se hablaba sobre esta selección fue sobre las gestiones diplomáticas que hicieron posible (a regañadientes) su participación en la cita mundialista de Suiza, ya que Alemania estaba totalmente excluida de la FIFA por su pasado nazi. Fue por esto por lo que los alemanes no habían participado en el anterior Mundial, el que se celebró en Brasil en el año 1950. Por lo tanto, el Mundial del 54 fue la primera participación de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes, pese a la dura derrota ante Hungría en la fase de grupos, lograron vencer a Turquía y así pasar a la siguiente ronda. Les esperaría Yugoslavia, a la que consiguieron ganar por 2-0.

Los componentes de la selección alemana.

Así se plantó Alemania Federal en las semifinales. Su rival: Austria. Los germanos pasaron por encima de su rival con un contundente 6-1, que les daría el billete para disputar la gran final mundialista. Los alemanes se sentían orgullosos ya que habían cumplido (e incluso superado) las expectativas en aquel torneo. La final, disputada el 4 de julio en el Wankdorfstadion de Berna (Suiza), enfrentaría a dos selecciones que ya se habían visto previamente las caras: Hungría y Alemania (resultado como ya hemos aclarado de 8-3 a favor de los húngaros). Esta final enfrentó a dos selecciones completamente desiguales sobre el papel. Hungría partía como la clara favorita en un torneo dónde había anotado 25 goles y tan solo había recibido 7. Toda una apisonadora, la mejor selección de Europa. Previamente habían derrotado a la vigente campeona, Uruguay, que se había hecho con el título en 1950.

La lluvia fue la gran protagonista al comienzo del encuentro, ya que dificultó notablemente el juego de ambos conjuntos. Aunque si algo hay que destacar de la previa a este partido fue la atmósfera que se generó de rechazo a la selección alemana. Las heridas de la Segunda Guerra Mundial seguían abiertas y muy presentes, y todo símbolo que se relacionase con el nazismo sería mal recibido.

Los capitanes de ambos conjuntos se saludan antes del inicio del partido.

Las expectativas se cumplían ya en el minuto 8: Hungría ganaba por dos goles a cero. Controlaban el partido y se les veía cómodos, incluso se especulaba que el resultado del partido de grupos (8-3) sería superado. Sin embargo, tan solo dos minutos después Alemania recortaría distancias. Primer aviso.

Los hombres liderados por Puskás tenían el control, pero las intervenciones del guardameta alemán impidieron que el resultado fuese más abultado. Hasta que, en el minuto 18, Alemanía sacaría un córner rematado por Helmut Rahn en el segundo palo y que supondría el 2-2. La incredulidad se apoderó del ambiente ya que ni alemanes ni húngaros esperaban que en ocho minutos el partido se pusiese con empate a 2. La superioridad de los magiares mágicos era tan clara que no se entendía como el encuentro podía ir en empate. Lo cierto es que Alemania se replegó bien y aguantó las envestidas húngaras en lo que quedaba de primera parte.

La segunda parte estuvo muy marcada por las condiciones climatológicas. La lluvia hizo imposible que el fútbol de los húngaros se desarrollase correctamente (se basaba mucho en el toque y la combinación) y eso lo aprovechó Alemania para controlar el partido. Su juego, muy físico, decantó la balanza notablemente hacia el lado germano. Su delantero, Fritz Walter, fue uno de los beneficiados de la situación del partido ya que se convirtió en un constante peligro para la defensa húngara.

El partido seguía 2-2 cuando el partido entró en los últimos diez minutos. La selección húngara estaba completamente desquiciada por el tiempo, y los alemanes se aprovecharon. A falta de siete minutos para el final del encuentro, Helmut Rahn hacía el segundo en su cuenta particular y lo que a la postre sería el gol definitivo que rompía con el empate y que le daría a su país el primer Mundial de su historia. En los últimos minutos Puskás conseguía un tanto que sería inmediatamente anulado por fuera de juego. Alemania había conseguido vencer al Equipo de oro.

Fritz Walter saludando a Puskás tras la entrega de trofeos.

Los alemanes fueron sacados a hombros entre cuerpo técnico, periodistas, y seguridad del estadio. Y no era para menos. Acababan de derrotar a una selección que no tenía rival alguno por aquel entonces, y lo habían hecho ante todo pronóstico y demostrando que una final son 90 minutos y que de nada vale partir como favorito. Un triunfo que fue más allá de lo meramente deportivo. Una nación que volvía a sonreír después de verse completamente devastada tras la Segunda Guerra Mundial.

Fritz Walter con el trofeo en la mano, junto a Horst Eckel (derecha). Horst Eckel, que hoy cumple 88 años y que desde El Señor del Balón le damos nuestra más afectiva felicitación, es el único miembro de aquel equipo con vida.

En medio de la depresión que trajo consigo la posguerra, la sociedad alemana volvió a sentirse orgullosa de su país y esto reforzó el espíritu y el orgullo nacional. A partir del día de la final, el estadio situado en Berna fue una especie de lugar de peregrinación para los aficionados teutones. Allí hay un reloj que marca las 18:15, hora en la que el árbitro pitó el final del encuentro, además del minuto 38 del segundo tiempo en el que Alemania consiguió el gol que les daría finalmente el título.

Esta final, conocida mundialmente como El milagro de Berna, trajo consigo una gran cantidad de curiosidades. Los alemanes Fritz y Ottmar Walter fueron los primeros hermanos en coronarse como campeones del mundo. Además, el partido de la final fue el primer partido del Mundial retransmitido por televisión. Para la historia quedará el relato del locutor Helbert Zimmermann: “Alemania avanza por el costado izquierdo con Schäfer. El pase de Schäfer a Morlock es despejado por los húngaros. Y Bozsik, de nuevo Bozsik, el carrilero derecho de Hungría, se hace con el balón… Pero esta vez lo pierde, ante Schäfer. Schäfer centra, despejan de cabeza, Rahn debería disparar desde atrás, ¡Rahn dispara! ¡Gooool! ¡Gooool! ¡Gooool! ¡3-2 para Alemania!”. Del partido se ha hecho una película, El milagro de Berna, dirigida por Sönke Wortmann en 2003 y que emocionó a todo el público alemán (entre ellos aquellos participantes de la gesta que estaban vivos por aquel entonces). Lástima, como señalaba su compañero Horst Eckel, que Walter Fritz no la hubiese visto (falleció un año antes).

Una nación totalmente derrotada y hundida en la crisis de la postguerra y la vergüenza, rehabilitada con un triunfo heroico sobre un rival muy superior. Así fue la historia de la Selección Alemana que ganó contra todo pronóstico el Mundial del año 1954. De ser vetada a convertirse en la inesperada campeona. Las vueltas del mundo del fútbol.

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